
Los revolucionarios no nos oponemos a las reformas, las levantamos como banderas de lucha para la movilización de las masas, para conquistar reivindicaciones y derechos, pero siempre advirtiendo que no resolverán de manera definitiva los problemas, que en poco tiempo habrá que impulsar nuevas acciones y, sobre todo, que lo fundamental está en la transformación del sistema con la revolución social.
En los procesos revolucionarios las reformas constituyen una necesidad, pues, enmarcadas en la perspectiva de acabar con la explotación burguesa y la dominación imperialista, socavan el régimen imperante y, por ende, fortalecen el proceso. En este caso, las reformas son instrumentos políticos de acción revolucionaria imprescindibles.
Señalamos esto a propósito del proceso político que vive el país. Bajo un discurso aparentemente radical, se busca introducir en la conciencia del pueblo una política reformista como sinónimo de revolucionaria, una propuesta sistémica como la panacea para resolver problemas económicos y sociales que tienen su origen en el sistema capitalista imperante. Esta línea de acción es impulsada por sectores de la burguesía para atraer a su lado a sectores descontentos de las masas, disputando la influencia que entre ellas tienen las organizaciones revolucionarias.
El reformismo, en distintos momentos y lugares, ha sido utilizado por las mismas clases dominantes para desviar la lucha de las masas de sus objetivos revolucionarios y construir un movimiento que, aunque parezca radical, no ponga en riesgo la existencia del sistema.
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